Un buen trabajo

Hemos terminado la intramudanza que nos ha llevado más de un mes de vida nómada, itinerante, agradecidos por la generosidad de nuestro entorno que ha demostrado que, en época de crisis, este país tiene la salvaguarda de los recursos sociales del entorno de amigos y familiares.

Frente a los que abogan por una mayor movilidad laboral, como la que se produce en lugares como EEUU, hay que contraponer las ventajas derivadas de tener a la familia y los amigos muy cerca. Esta red (social, pero de verdad) hace menos dura la caída. Y ahora estamos cayendo.

Además, quería mencionar en algún lugar (y lo seguiré haciendo) la buena labor del hombre que hemos contratado para realizarla. Empezaré por dejar sus datos para quien quiera recoger el testigo y emplearle:

Volodymyr Davydyuk
622125422
constructowood@hotmail.com

Es un hombre de origen ucraniano que habitó durante varios años en Canarias y después….
(sigo luego) (ya sigo)
vivió en Madrid mientras se construía sin parar. Hasta que se ha parado. Y se encuentra con pocos encargos y está pensando en irse de vuelta a Canarias.

La cuestión importante, más allá de su biografía y/o su pasado y procedencia, es que pocas veces había imaginado que un trabajador de este sector fuese tan cuidadoso, cordial, amable pero sin tomarse excesivas confianzas, delicado y al mismo tiempo claro cuando hay que serlo, puntual, que ha hecho que la obra haya sido más llevadera de lo que parece ser habitual.

Es más que recomendable contar con él para obras de cualquier envergadura, pues igual cuenta con la capacidad organizativa suficiente para trabajar con una cuadrilla y ejercer de jefe de obra que es un manitas que trabaja pequeñas labores en una casa, como puede ser arreglar una cisterna, prolongar un armario, cambiar el cableado eléctrico, pintar las paredes, haciendo el gotelé a mano y procurando que el grano tenga el mismo grosor homogéneo en todo lo nuevo que en lo que ya estaba pintado.

Llegué a «enfrentarme» con él porque era tan detallista como para que en el fondo de un agujero de una canaleta técnica de un armario que nos hizo a medida y que iba a estar tapado por un embellecedor, él no quería que la protección de la madera se pudiese ver afectada. Yo no podía entenderlo, ¿pero si no se va a ver jamás? Da igual, me dijo, es que me gusta hacer bien las cosas.

La verdad, ha hecho la obra como si se hubiese tratado de un trabajo artístico, cuidado al máximo, como si fuese para él y no solo por dinero. Por cierto, tampoco resultaba ser el más caro de los presupuestos que barajamos.

Es increíble, pero hasta siento que le vamos a echar de menos. Su sonrisa afable, su cordial manera de ayudarnos a tomar decisiones, de sugerir sin imponer su criterio, de buscar soluciones a problemas, en lugar de encontrar problemas antes de las soluciones.

Sinceramente, contratarle fue lo más acertado que he hecho este año. Y la obra lo atestigua. Estamos encantados.

de los derechos y deberes de los cónyuges

Hoy he estado en la boda de mi amigo Fernando Becerra con su pareja, Paco, y me quedé pensando si los del famoso foro por la familia se daban cuenta de que estaban encontrando aliados. Por momento me planteé la duda de si podían adoptar, por ser una pareja gay, pero luego me confirmaron que sí, que no había ningún problema.

DE LOS DERECHOS Y DEBERES DE LOS CÓNYUGES

Artículo 66. Redacción según Ley 13/2005, de 1 de julio.

Los cónyuges son iguales en derechos y deberes.

Artículo 67. Redacción según Ley 13/2005, de 1 de julio.

Los cónyuges deben respetarse y ayudarse mutuamente y actuar en interés de la familia.

Artículo 68. Redacción según Ley 15/2005, de 8 de julio.

Los cónyuges están obligados a vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente. Deberán, además, compartir las responsabilidades domésticas y el cuidado y atención de ascendientes y descendientes y otras personas dependientes a su cargo.

Me lo he pasado genial en la boda… ojalá todas fuesen como esta, con esta ilusión y esta autenticidad. Y eso después de llevar más de 19 años juntos. ¡Qué maravilla!

De nuevo en casa

Casi sin conexión, casi sin poder hacer otra cosa que no sea esperar a que Volodimyr termine las últimas cosas pendientes, pero de nuevo en casa.

Con ganas de recuperar mi router wifi y no esta precaria conexión a Internet vía mi móvil de segunda generación con su GPRS más o menos cutre, pero eficaz. Me ha costado conseguir que mi ubuntu querido consiga conectarse de esta manera, pero ya lo he logrado, justo dos horas antes de poder tener una buena conexión… pero ya no podía aguantar más.

Los libros ya están de nuevo en orden. Orden alfabético, como debe ser. Aunque los de arte los he colocado según otro criterio. Es raro encontrarse un libro de Asimov tan cerca de Auster, pero es tan divertido al mismo tiempo… ¿Será una forma de afirmar o confirmar que la Poesía y la Física no están tan lejos, que la metafísica no está más allá de la física, sino en mitad de la misma?

Querido Aristóteles, qué lejos estás de Platón y Sócrates y qué cerca de Arquímedes, Apollinaire, incluso. ¡Diviértete con ellos!

A veces hay días

que el tiempo no parece servir de nada
que las cosas pendientes de hacer
se duermen en mi cabeza
esperando ser rescatadas
como hoy
que tengo que preparar una
o dos
performances
y no sé por dónde empezar
aunque no hay ningún lugar especial
por el que empezar
y me atasco mentalmente
y me agobio porque estoy atascado
y ese agobio me atasca mentalmente.

A veces hay días
que es mejor dejar pasar
para que lleguen otros días
en los que el atasque se haya ido
como cuando decido ir despacio antes de llegar a un semáforo en rojo
para ver si, con suerte,
se ha disuelto casi como si fuera por intervención divina
la retención.

A veces hay días

pero lo mejor es que los hay.

Meditaciones de un rehabilitante (II)

Este texto es continuación de Meditaciones de un rehabilitante (I).

Dije que continuaría mañana y hoy es un mañana del día en el que lo escribí. No el día siguiente, bien es cierto, pero sí un día del mañana en la acepción de futuro que tiene la palabra de mñn con 3 as. Pero hoy hablo de ayer, en la acepción de pasado que tiene la palabra de cuatro letras que comienza con la primera de las vocales y continúa con una consonante con fonética de vocal y pretendido origen heleno, lo que impone el uso de pretéritos.

Tras la realización de «las poleas», venía el curioso ejercicio del péndulo circular. Este quizá era de entre todos los ejercicios el que más quebraderos de cabeza me producía. Me dijeron que debía mover mi mano sujetando un pequeña pesa de 1 kilogramo tendido en una camilla y realizando un movimiento circular pendular.

¿Pero cómo realizar semejante movimiento? Si dejaba caer mi mano con la pesa, relajadamente, no demasiado para no soltar el kilogramo de masa que sostenía, no estaba verdaderamente en línea recta perpendicular al suelo. Es más, ni siquiera cabe decir que pueda trazar una línea recta más que en mi imaginación, salvo que tengamos en cuenta una matemática más que aplicada y que acaba por ser tan alejada de la euclideana que termina por aceptar que una línea recta puede ser gruesa y curva… en lugar de usar la bella palabra geodésica o reconocer que muchos conceptos matemáticos son meras creaciones intelectuales, abstractas, que no existen más que en la mente y no son construibles fuera de ella.

¿Cómo voy a construir un círculo pendulando mi brazo? Así que puedo estar aproximándome infinitamente en una especie de serie convergente de ejercicios que nunca terminarían de ser verdaderamente un círculo y mucho menos un péndulo, puesto que en nada se parece lo que hago a esta bella definición:

También llamado péndulo ideal, está constituido por un hilo inextensible de masa despreciable, sostenido por su extremo superior de un punto fijo, con una masa puntual sujeta en su extremo inferior que oscila libremente en un plano vertical fijo.

Ni mi brazo es un hilo, ni es inextensible, ni su masa es despreciable, ni está sostenido por un único punto, ni este está fijo, ni la masa que sujeta no es puntual, quizá ni siquiera está completamente en el inferior y, desde luego, no oscila libremente en ningún plano fijo.

Terrible abominación el intentar acercarse con el cuerpo humano a lo que la mente humana concibe. Y además, ¡intentar trazar círculos! Pero si no sé cual es la punta del compás imaginario de grosor nulo que trazaría en torno a un centro imaginario fijo semejante figura.

En resumen, tras diez minutos o quince de aproximaciones y darme cuenta de que la elongación del brazo ha variado, de que las condiciones climáticas han variado, de que mi estado anímico ha variado, de que hay tantas variables que estas idealizaciones son irrealizables, dejo la pesa y busco a Patricia para indicarle que he terminado. No le digo que sé que lo he hecho mal, que no he realizado un movimiento pendular, ni circular, ni tan siquiera he estado tendido en la camilla puesto que dudo que el contacto haya sido realizado electrónicamente en toda la superficie (que no es más que una aproximación a la falta de exactitud que nos permite la limitación de nuestra capacidad perceptiva).

Ella se acercaba y me proponía (se me ha colado algún presente de indicativo, pero lo dejaré como está) que realizásemos los masajes. Aquí procuraba dejarme llevar y olvidar lo sumamente impreciso de los movimientos que trazaba, lo imposible que resulta acercarse a una masa molecular tan enorme con el método o el modelo de la mecánica cuántica basado en la resolución de la ecuación de Schrödinger. Y sin tener en cuanta las modificaciones necesarias para no despreciar la mecánica relativista.

Así que me limitaba a comparar el color de su reloj con el de sus párpados semicerrados o semiabiertos, según el día. Me limitaba a pensar por qué algunos días usaba un reloj de color rosa y otros días uno clásico de muñeca metalizada. Pensar algo que tampoco tenía solución, en el fondo, pero que me evadía de pensamientos aislantes. La miraba buscando saber algo de su pasado e imaginaba conversaciones posibles suponiendo que sabía las respuestas que me daba a preguntas que no le hacía. Así, no tuvimos cerca de un centenar de diferentes charlas sobre sus opiniones sobre la fisioterapia, la escasez de pacientes masculinos, el atractivo físico de uno de ellos que se pavoneaba sin su camiseta de unos músculos bien desarrollados, la insistencia de una de las pacientes para que tomase (yo omitido) calmantes antes de las sesiones…

No podía ni quería pensar en el dolor que me causaba ni en si mis lágrimas eran de dolor o provocadas por una alergia más o menos molesta a algo aún por determinar. Tampoco en si ese dolor servía para algo o no. Así que cuando terminaba tan solo veía cómo se alejaba diciéndome que esperase a ver si el laser estaba preparado (por disponible) y mientras se alejaba observaba la parte de atrás de su pantalón blanco y en absoluto sexy preguntándome si sería intencionadamente antilíbido para no inducir a ningún malentendido por culpa de las hormonas y sus repercusiones físicas palpables.

Pero lo que me ocurría durante el tiempo que pasaba bajo la lámpara láser lo cuento en otra ocasión… y es que la óptica siempre ha sido un tema tan apasionante…

Homeless

Trivializo sobre el hecho de que tengo dinero suficiente para abordar una obra que me obliga a dormir fuera de casa. Parece que en estos tiempos críticos no está bien visto trivializar sobre ninguna cosa. Todo es serio, muy serio, tan serio que puedo decir tres veces seguidas sin reírme tururú pajaritos, tururú pajaritos, tururú pajaritos.

Trivializo porque creo que ha llegado el momento de hacerlo cada vez con más frecuencia. Aunque sea duro para muchos, aunque pueda herir sensibilidades de los más desfavorecidos, pero teniendo en cuenta, sin embargo, la necesidad de banalización de una inmensa mayoría de sufridores de una crisis que no reconocen haber provocado.

Trivializo porque está de moda, está de moda simplificar para culpabilizar banqueros, a presidentes de países nórdicos, a funcionarios, al otro, siempre al otro, con las responsabilidades que asumir sería durísimo.

Trivializo porque estoy cansado de ser tan tremendamente coherente como para no poder actuar, llevado a un epojé paralizante que siempre me ha caracterizado; creo.

Hay que decir esto está bien. Esto está mal. Niño, caca. Caca Culo Pedo Pis. Y no, no me da la gana…

Así que trivializo.

Y punto… o no.

Meditaciones de un rehabilitante (I)

El hombroTengo diagnosticada una tendinitis del manguito rotador en el hombro. Ya me pareció gracioso cuando me lo dijeron. Tener en el hombro una pieza llamada manguito rotador me hacía recordar a los manguitos flotadores que se usan cuando se está aprendiendo a nadar. Claro, será que el nombre es asonantemente igual o que también son manguitos o que se ponen en los hombros. El caso es que me pareció tan gracioso que estuve a punto de reírme y no pude reprimir una sonrisa y una pregunta: ¿Qué es eso? que a mi médico le debió parecer ridícula.

Pero, aún así, me lo explicó.

Desde entonces estoy yendo a una clínica de rehabilitación en la que no paro de tener unas meditaciones de lo más variopintas, pero algunas de ellas son un poco obsesivas. Lo cual no me sorprende mucho, dada mi tendencia a la obsesión (famosa película, por otro lado).

Cada día, llego a Guzmán el Bueno 133 y entro en la clínica Arimón. Entro pensando que el nombre me recuerda a un limón, pero no digo nada. La puerta del edificio Britannia de rango y abolengo tiene un portero vigilante que se pasa el día charlando con el vigilante de la urbanización. Me alegra, así no me pide los datos o me interroga acerca de mi destino, como ocurre en muchos edificios de Madrid.

Camino a lo largo del pasillo cuasi-parabólico y penetro en la sala donde, al menos 6 camillas están disponibles para realizar los ejercicios que cada paciente (usuario) tiene encomendados. También es donde las (recalco la a de las) terapeutas masajean a quienes lo necesitan.

Hay unas poleas para ejercitar la articulación del hombro y los codos que suelen estar ocupadas siempre, porque parece ser que tendinitis de manguito rotador, ahí donde se nombra, es de lo más común. Hay otros muchos artefactos o artilugios propios de cualquier campo de concentración o sala de torturas, algunos con cuero, otros de metal, pesas de distinta masa, barras de diferentes longitudes…

Y lo primero que intento es realizar «las poleas». Me he dado cuenta de que en este lugar los ejercicios son nombrados por la herramienta que se usa para realizarlos. Es como si dijese que voy a «el bolígrafo» en lugar de decir que voy a escribir y, mucho menos, para decir que lo que escriba será un poema, por ejemplo.

Realizo «las poleas» sentado, porque así es cómo debe ser hecho, con una mano asiendo una polea y con la otra asiendo la otra polea que está conectada con la primera, de modo que si hago una fuerza vertical y hacia abajo de una de ellas la otra experimenta una fuerza vertical y hacia arriba. Mientras estoy sentado pienso que no sé si la posición que adopto es la correcta: ¿debo sentarme un poco más adelante? Me dijeron que realizase la fuerza con la mano izquierda (el brazo izquierdo) que es el que tengo bien, pero ¿qué fuerza debo realizar? ¿de qué magnitud? ¿en qué dirección? ¿a qué altura del brazo derecho debo detenerme? ¿por cuanto tiempo debo detenerme cada vez que alcanzo el cénit?

Son casi diez minutos interminables durante los que no puedo dejar de pensar en esto. Pero es lo que me ocurre en los demás ejercicios. Son tantas y tan absurdas las dudas que sé que no debo preguntarlas, aunque es posible que alguna de las preguntas tenga sentido formularla a las terapeutas.

A, A, A… as…. as…. as…

Las pacientes, las terapeutas.

Apenas hay algún paciente masculino. No hay ningún terapeuta masculino. ¿Por qué?

Tengo una teoría que he ido formulando a lo largo de varias jornadas allí para ambas respuestas.

A los hombres no nos está permitido ser frágiles, rompernos, estar mal. Siempre tenemos que estar fuertes y sanos, incluso cuando no lo estamos. Aquel hombre que está mal es un débil y la debilidad no está tolerada entre los humanos del género masculino. Así que los pacientes que estamos por allí sentimos que no es nuestro sitio, que es un lugar para mujeres, regido por mujeres, casi como una peluquería en la que las máquinas de secar el pelo sostuviesen las permanentes de los rulos y el olor a amoniaco invadiese la pituitaria.

A los hombres no nos está permitido quejarnos. Y llorar… de eso ni hablamos. Así que, hombre, si lees esto, ya sabes, no vayas a una clínica, ni se te ocurra: eres un hombre, eres un hombre… y me acuerdo de In&Out y hasta me dan ganas de ponerme a bailar.

Y en ese ambiente tan recalcitrantemente femenino, es fácil entender porqué son mejores recibidas las terapeutas. Aunque otra teoría es que cuidar de otro ser humano es algo que hacen las mujeres de manera natural. Lo aprenden en la maternidad. Ja!

Esto me lleva a pensar que la paternidad no cuida de la manera que cuida la maternidad, pero claro, ahora que los roles profesionales han puesto las cosas de otra forma a como era hace siglos, quizá deba cambiarse también esta idea. La paternidad debe ser tan cuidadosa con otros humanos como lo es la maternidad. Y esa paternidad/maternidad más igualadas quizá acabe llamándose fraternidad en el sentido que le dio la Revolución Francesa, de cuidar los unos de los otros. O así me gustaría que fuese. Una fraternidad en la que los humanos cuidasen a los humanos por el placer de hacerlo, no por la recompensa, ni en el más allá ni en el más acá. Sino por el placer de hacerlo.

Mañana seguiré.

tristeza profunda

honda
veintemil leguas submarinas
fosas de las marianas
fondo de un cráter volcánico
intestino grueso del mundo
pena
drama trágico
recalcitrante dolor del alma aciaga
hoy
desperté pensando
que ya era hora de terminar con el sufrimiento
que había vivido de espaldas al futuro
negándolo
y ya ha llegado
para instalarse y matar al presente
al pasado
al condicional
y,
por supuesto,
al infinitivo
al gerundio
y a mí mismo

hoy
me desperté a media noche
y no podía parar de llorar
sentado en la taza del vater
agarrándome la cabeza
con el dolor de mi tendinitis
mientras estornudaba
sin parar

hoy
regresé a la cama al lado de la mujer más maravillosa del mundo
y no sabía
cómo disfrutarlo

(yo
ella)

hoy
no puedo dejar de pensar que el fin
está cerca
que no deseo prórrogas
que no deseo lágrimas
que no deseo angustias
que no deseo vida
si no es mi vida

hoy
debo buscar la manera
de no pensar

(algo de instinto me dice que sí, que sí…

Un no-amigo en Facebook

Está claro que de los más de 600 individuos que están en la lista de mis amigos de facebook, no más de 100 son verdaderos amigos. Lo que es el colmo es cuando alguien que tiene más de 1500 te acusa personal o globalmente de interesarte por su muro para conseguir sus amigos. Que no son sus amigos.

El caso es que hay un tal Leo Zelada, de procedencia peruana, que en una entrada de su muro ha escrito, con osadía, la siguiente afirmación:

Tengo agregados algunos personajes que solo buscan aprovecharse y agregar mis amigos en su Facebook. Sé que algunos hablan a mis espaldas, pero no pueden dejar de visitar mi muro. Sé eso y mucho más. La pregunta es ¿por qué los mantengo? La respuesta es fácil. Al enemigo y envidioso hay que tenerlo cerca, hasta que no aguanten y saquen sus cabezas de serpientes.

Es curioso, parece que él no es de los que tiene amigos para aprovecharse. Pero claro, es que él sabe más. Mucho más. Sí, es un tipo curioso. Según él, entre sus amigos de facebook están sus enemigos. Yo, después de este mensaje, no pude por menos que curiosear en su muro para ver qué le había pasado… y encontré esta otra de sus afirmaciones categóricas, por no decir extremistas, simplistas y tontorronas:

Cada época, deja 3 o 4 poetas y escritores importantes. Obviamente la casi totalidad de escritores del circuito oficial son efímeros. Los que quedarán, son los que tienen una sensibilidad distinta del mundo y no caen en localismos, los que tienen un conocimiento profundo de la tradición literaria, y una apuesta vital y de ruptura con la literatura. Los que escriben más allá del canon. Yo soy uno esos creadores.

Y no sabía si reír o si llorar. Este tipo se arroga el derecho a ser uno de los poemas o escritores importantes… claro que sí, sobre todo para él mismo. Me parece estupendo ese superego que ha desarrollado, pero ha llegado a superar mi paciencia con tanta tontería y he tenido que borrarle de mi lista de amigos… a los que no acusaré nunca de oportunismo sin llevar a cabo la acción de eliminar a ese acusado de la lista de mis amigos.

Este pobre incauto que afirma saber tanto, no sabe o no debe saber cómo mantener una política de privacidad que no deje a los oportunistas la posibilidad de descubrir a sus amigos. Es fácil, pero hay que leer un poco…

La verdad es que ya venía hartándome de cuando en cuando su presencia en recitales en los que se supone que los demás escritores le deben rendir pleitesía o ceder el asiento… hartándome de sus enfados con otros personajillos que, como él, tienen egos demasiado sensibles o enormes, hartándome de encontrarme que propone a gente la participación en un libro colectivo presuntamente sin ánimo de lucro, pero cobrando más de 25€ por ejemplar con la excusa de que lleva mucho trabajo el hacerlo.

Es un estafador y un pomposo pedante que aspira a ser un genio porque algunos genios han sido pedantes y más o menos malditos. Pero es un error lógico digno de alguien con poco cerebro el creer que ser lo que los genios sean te convierte en genio. ¡Ay! ¡Cuánta incultura lógica!

Y para colmo es frecuente encontrar en sus textos faltas de ortografía no intencionadas, alegatos de defensa de autores tan solo por el hecho de que son de su cohorte, nacionalismos o localismos ridículos y bastante exclusivistas con el discurso del victimismo emigrante por bandera. Esto sí es oportunismo, por cierto.

Sé que hay muchos caraduras por el mundo y que este no es ni más ni menos que uno más, un borroncillo que se cree alguien importante y que seguro que supone que a base de repetirlo y repetírselo a sí mismo va a lograr llegar a serlo. Y puede que incluso consiga cierta atención mediática, ya que la polémica vende más que la calidad, pero no engañará tanto como para que merezca la pena tenerle como amigo.

No sé porque hoy me ha tocado tanto la fibra sensible ese par de comentarios desubicados de un tipo desubicado. No es para tanto, no merece mucha atención… pero tenía ganas de escribir lo que he escrito, incluso a riesgo de que, algún día, algún acólito del zeladita encuentre este texto y me pongan en su lista negra.

De momento, me da igual.

Cursos de creatividad en entorno rural

Siempre que realizo un curso o seminario de desarrollo de la creatividad en entorno rural, es decir, que de una u otra forma convoco a unos cuantos interesados en asistir a un encuentro en el que ejercitar su creatividad con la intención de convertirla en algo cotidiano, siento que hay algo que está mal.

En parte, el entorno rural, para los urbanitas que suelen acudir a estos encuentros, resulta tan sugerente que el seminario acaba apareciendo en un segundo lugar, algo que se hace mientras se está disfrutando del campo, cuando lo que a mí me gustaría es que se disfrutase del campo mientras se está haciendo un curso de desarrollo de la creatividad.

Parece que es lo mismo, pero no lo es en absoluto.

Este fin de semana fui invitado a participar en unos encuentros que coordina un amigo, llamado Jacinto, en la finca de Castrejón Alto que posee Aníbal Merlo. Todos (o casi todos) los asistentes son amigos que se reúnen periódicamente y que disfrutan de unas jornadas agradables en un paradisiaco ambiente recogido mientras alguien les ameniza el tiempo con una propuesta formativa más o menos.

En esta ocasión fui yo el responsable de llevar a cabo esa labor, que entraba en competencia con las miles de sugerentes distracciones que ofrecía el mero hecho de estar en aquel lugar tan magnífico.

Quizá sea que el curso no era tan magnífico como el lugar… pero es que el curso es lo que es… algo que implica un esfuerzo, de algún modo, para salir de la inercia (la peor enemiga de la creatividad). Pero la inercia en un lugar como ese es la de dejarse llevar por los placeres que no se tienen en la ciudad y que convierten en oasis ese espacio-tiempo.

Siempre me gusta usar el lugar para estos cursos como algo generador, pero acabo sintiendo, en muchos casos, que es más un obstáculo a superar que un apoyo. No sé si no sé usarlo bien (más que probable) o es que no es una buena idea usar estos lugares que los urbanitas necesitamos para descansar, para relajar, y no tanto para trabajar, aunque sea relajadamente.

Me recuerda cuando decidí dejar de usar música para preparar a la gente antes de los ejercicios de creatividad. Era más fácil, aparentemente, ser creativo si una música suave, relajante, nos hacía entrar en un estado especial de calma, de mente preparada… pero el mundo no es así, la realidad no es así… no la vivimos así, tenemos que crear cuando nos sube un gato por la espalda o cuando tenemos alergia o una fisura anal, no cuando todo es tan bonito que las flores se caen solas de los árboles. Era una mala idea la de generar un espacio ideal para ser creativo. Quizá, esto mismo, sigo sintiéndolo cuando aprovecho lugares especiales (yo no los vivo como tales, pero la mayoría de la gente sí) para llevar a cabo estas convocatorias.

Por otro lado… ¿no es demasiado exigente pedirle a la gente que se comprometa hasta sacrificar sus fines de semana de relax en un curso para fomentar el desarrollo de su creatividad como forma de cambiar su vida y el mundo que habitan? ¿Hay algo intermedio entre mi fundamentalismo ortodoxo y la laxitud del ocio-entretenimiento-cultural?

Esto no es una broma