Hambre

El hambre en el mundo

Hoy Iñaki Gabilondo centraba su comentario del día en torno al Hambre en el Mundo. Da cifras (y letras). Es descorazonador, desgarrador, pero preclaro. Conecta esta situación con la que vivimos en la famosa crisis financiera, habla de la posibilidad de resolver este problema y de que está, por primera vez en la historia de la humanidad, a nuestro alcance.

Y sigue pareciéndome tan lúcido como cuando veía sus entrevistas políticas en CNN+. Antes de que el canal fuese sustituido por la emisión ininterrumpida del programa El gran hermano. Y no pasó nada. Entonces no pasó nada y ahora tampoco.

Me canso de los códigos del Tango y dejo de ir a las milongas; es algo que puedo hacer, porque nadie me obliga a vivir en ellas, pero ¿qué ocurre cuando me canso de vivir en un mundo con unos códigos, unas prioridades que, como dice Iñaki, parecen locura absoluta? ¿qué lugar hay para poder evadirse?

Mientras, cada día me horroriza más esta frivolidad con la que tratamos el tema manido de esta década: la crisis, una crisis que ni mucho menos es de subsistencia, sino más bien de niños pijos acostumbrados a tener de todo. Hemos luchado para conseguirlo, pero también cabría comenzar a recordar a base de qué lo mantenemos. ¿No es cierto que, en parte, este sistema necesita la desigualdad para generar incentivos? Es la bandera que se enarbola contra comunismos aparentemente trasnochados constantemente, como si fuesen el infierno de lo posible… Mientras, cada día vemos que este sistema (¿capitalista?) es un sistema diabólico, perverso, que se alimenta de nuestra sangre y nos obliga a alimentarnos de las sangres de otros, como si de una película de zombies se tratase o una de vampiros.

Siempre me dieron mucho miedo las películas de vampiros. Mi amiga Aída se ríe de mí cuando le cuento que no soy capaz de ver la película dirigida por Coppola sobre el más famoso de ellos. Pero lo que más me aterraba era que me pudiesen morder y, así, convertirme en uno de ellos, en un vampiro que necesitaría alimentarse de la sangre de los demás, convirtiéndolos a su vez en otros vampiros que se alimentasen de las sangres de otros… y así hasta ocupar el planeta completamente.

No me di cuenta de que yo ya era un vampiro, de que ya había sido mordido por otros que a su vez lo habían sido por otros… y que llevaba dentro de mí la necesidad de seguir perpetuando este sistema perverso para poder vivir, para poder pervivir.

Cuando leí Los Cantos de Maldoror, ese libro apasionante del Conde de Lautreamont, no pude evitar sentirme identificado, en lo más profundo de mi ser, con ese Maldoror vampiresco, pero con una angustia existencial y un sentimiento de soledad tan profundo como consciente de su carácter perverso irremediablemente. (Hoy día es posible que ese libro fuese censurado por la iglesia católica, pero esto y Krahe no vienen al caso en esta ocasión)

Ser antisistema dentro del sistema es tan absurdo…

La teoría del abrigo

Hoy tenemos lavadora nueva porque se había estropeado la otra que ha tenido un tiempo de vida suficiente para una lavadora, algo así como 15 años… que son los años que llevo viviendo en esta casa.

Hoy tenemos horno microondas combinado con horno de convección convencional también, porque el otro estaba a punto de dejar rotundamente de funcionar, dando múltiples señales de deterioro: el plato no giraba, algún día ha saludo humo de un ventilador que, posiblemente, está estropeado… y hemos decidido hacer el cambio al mismo tiempo.

A punto hemos estado de tener que comprarnos una lámpara nueva (pero pudimos limpiar/arreglar la que tenemos) y de comprarnos una cocina de inducción, que son esas parecidas a las vitrocerámicas, pero rápidas y más eficaces, aunque peor para el tema de cacharros compatibles. Menos mal que no las fabrica Apple, que solo admitiría cazuelas con manzana.

Y ¿por qué todo a la vez? ¿Nos ha tocado la lotería?

La respuesta está en la Teoría del Abrigo.

Según una amiga que tuve, de quien no viene al caso hablar ahora, lo mejor cuando se tiene poco dinero o cuando se va a tener menos del que se tiene es comprarse un buen abrigo si se puede, porque es posible que después, cuando haga falta, no se pueda.

Es un consejo que ya seguí hace años, cuando dejé mi trabajo con nómina y seguridad económica, comprándome todo lo que creí que podía ir a hacerme falta en los próximos años y he vivido durante muchos de ellos agradecido a seguir en su día aquel consejo que me pertrechó para lo que estaba por venir.

Ahora vivimos un momento en el que lo que está por venir no es solo elección propia, sino coyuntural, pero eso no es óbice para que la teoría del abrigo siga teniendo vigencia: las cosas se van a poner peor que ahora, seguro, especialmente trabajando en el sector en el que Carmen y yo nos empeñamos en continuar, así que es buena idea hacer acopio de bienes que disminuyan la necesidad de adquirirlos en un futuro más inadecuado.

Así que sigo agradeciendo la enseñanza de la teoría y, estos próximos días, disfrutando de una sensación de opulencia palaciega inhabitual en nuestras vidas.

Educación Pública en Huelga

Estoy harto de hablar de educación pública y de sanidad pública.

Ahí radica el problema de fondo del porqué se dejan deteriorar, se comercializa con ellas, se desprestigian, etc.

¿Cuál sería el panorama si no existiese otra que la pública?

Para mí hay algo con lo que no se debería comercializar, que no debería ser manejado por un sector oportunista como lo es por naturaleza el mercadeo capitalista. Fue un avance social ingente lograr que la educación cubriese a la totalidad de la población de un país o que la educación tuviese una cobertura también completa, salvo algunos sectores nunca considerados de extrema necesidad, como la oftalmología o el cuidado dental.

Vale, asumamos unas limitaciones… vale, aceptemos que todo lo demás se compre y se venda… casi hasta los políticos… pero la educación y la sanidad deberían ser siempre públicos y exclusivamente públicos.

Aquí está el quid de la cuestión, la base del problema: mientras exista cohabitación entre lo público y lo privado, entre el bien público y el bien personal derivado del enriquecimiento de unos pocos a costa de algo que no debería ser rentable, sino beneficioso, estas prestaciones serán, como todas las demás, puestas en el juego peligroso de la especulación derivada de la adquisición y explotación de estos servicios básicos para el funcionamiento de una sociedad pretendidamente igualitaria

Mientras fomente la división de la sociedad en dos clases sociales de pudientes y no pudientes, lo que hará será fomentar una brecha que acabará generando conflictos inevitables y catastróficos, odios intrasociales, fragmentando a la población en los dueños y los adueñados, los amos y los esclavos, patricios y plebeyos, las castas que siglos de revoluciones sociales habían conseguido ir paliando seguirán siendo irreconciliables.

Está claro que se aducirá que la igualdad no es natural, que los seres humanos nunca han logrado la igualdad plena de oportunidades, pero lo que viene siendo habitual es que nos olvidemos, para lo que nos da la real gana, de que el ser humano vive de espaldas a lo natural en todo lo demás. También en esto, y no es necesariamente malo, tan solo es una prueba de que es un animal que genera un entorno demasiado sofisticado alrededor suyo como para dejarlo al libre fluir de su naturaleza: nos vestimos, viajamos en coches, llamamos con teléfonos, como si fuese natural… pero en lo referente a lo social, defendemos volver a una naturaleza, pretendidamente cruel y de la que nos libramos en cuanto nos hace la vida más incómoda.

Es mentira: no es natural al ser humano no buscar reducir la desigualdad social dentro de sus sociedades más o menos artificiales o culturales, es algo que se elige, que se elige como sociedad, pues estas se comportan como individuos más o menos conformados por células humanas más o menos unidas entre sí y que han ido encontrando su lugar especializado en estos cuerpos complejos que requieren un enmarañado manojo de relaciones intrasociales para mantenerse en pie.

Sí, se puede elegir otro modelo; sí, se puede apostar por una sociedad dividida en castas, sí, se puede fragmentar la sociedad en pudientes y no pudientes, en amos y esclavos…

Pero esta es la voluntad de los recortes en educación, en sanidad, no es ni más ni menos que la de privilegiar a los pudientes y desprivilegiar a los no pudientes. Se miente diciendo que de una casta se podrá pasar a otra, que después habrá igualdad de oportunidades, pero eso es una auténtica falacia que se cae por su propio peso en cuanto es analizada… por quien puede, y no quiere, claro.

Hay voraces tiburones a la espera de comerse el negocio que hemos pagado y puesto en pie a lo largo de décadas de pagos de impuestos que no serán devueltos, puesto que no es gratis, la educación y la sanidad públicas no son gratuitas, cuestan mucho dinero y se mantiene de tasas que, presuntamente, se reparten de manera solidaria y equitativa, pagándose proporcionalmente a la renta de cada cual (idealmente).

Se aduce que es necesario el efectivo que ahora mismo cuesta mantener esas prestaciones, pero se olvida que es dinero que se logra mediante impuestos directos que podrían incrementarse para lograr esa mayor cobertura, reduciendo lo que tendrían que pagar las clases pudientes por mantener segregados a sus hijos en caros colegios, pero se perdería la ventaja que obtienen de la propia segregación. Es un modelo que apostaría por reducir la brecha social… pero no se quiere hacer!

¿Qué pasaría si la educación privada y la sanidad privada no existiesen?

Si estuviese prohibido especular con estas materias, movimiento social que no se acabó de dar correctamente, nadie desearía que se desprestigiaran, nadie en absoluto. Si los hijos de los políticos, de los banqueros, de los monarcas, de los curas… se sentasen en las mismas aulas que los hijos de los informáticos, de los teleoperadores, de los obreros de la construcción, de los camareros (y todas sus correspondientes formas femeninas), todos desearían que fuesen de la más alta calidad.

Y aún así no existiría igualdad plena de oportunidades: yo doy clases particulares a pudientes, claro está que esto ya hace diferencias, pero además, sus puestos de trabajo serían más accesibles por los contactos de sus ancestros, pues el nepotismo es, casi, inevitable (al menos en un sistema económico que la necesita para su funcionamiento)… pero la brecha se reduciría, se potenciaría la solidaridad, como si fuese un valor no solo de salón, no solo para desgravar en la declaración de la renta…

E igualmente en sanidad, si el más alto mandatario tuviese que seguir los trámites que todos tenemos que seguir para ser tratados en la asistencia pública, desearía que fuesen los más livianos posibles y trataría de mejorarlos y jamás en reducir su calidad ni en desprestigiarla para que fuese materia deseada por los buitres carroñeros (con todo mi respeto para los buitres) de los especuladores que, una vez dirigiendo la prestación correspondiente (sanitaria o educacional), tienen como único interés su enriquecimiento personal.

No lo olvidemos: no es una cuestión de público o privado, sino de modelo igualitarista frente a modelo segregador.

De los funcionarios

Hoy he visto publicada una noticia sobre las medidas contra los funcionarios que se están aprobando sin la repulsa de ningún otro trabajador de la empresa privada, como si no fuese con ellos. La noticia está en el País.com.

Del tópico del cafetito a mediodía al de que los funcionarios se ponen enfermos mucho más que el resto de los ciudadanos. Estos y otros lugares comunes han servido a los sucesivos Gobiernos para añadir argumentos a varias iniciativas que penalizan a los trabajadores públicos: bajadas de sueldo, aumento de la jornada laboral, suplencias y contratos interinos sin cubrir. La última, la propuesta de que estos empleados no cobren su salario íntegro durante los primeros 90 días de baja por enfermedad, ataca una de las partes más sensibles y más incontrolables: la salud. Y además lo hace sin una base estadística que acredite que los funcionarios, en su conjunto, abusen del sistema.

Cada día me encuentro a más gente que ataca a otros colectivos en un intento de focalizar su ira sobre algún culpable que no sean ellos mismos. Incluso queridos amigos que creen este tipo de patrañas, o que los inmigrantes son unos aprovechados o que las mujeres se benefician de tratos especiales o que los jóvenes, o que los ancianos o que los parados o que los que tienen trabajo fijo o los que no lo tienen…

Y es un error. Un error bien planificado por los que ostentan el poder, para deprimir a sus posibles adversarios enfrentándolos entre ellos. Ya lo decía Marx, «paz entre pueblos y guerra de clases». Alguien tuvo la sabiduría de ver que era un problema esa paz y había que conseguir un enfrentamiento permanente dentro del pueblo que le impida unirse. Sin ponerse decimonónico, lo que sí es evidente es que ese tipo de estrategias se siguen usando para desenfocar del punto de mira a causantes de crisis como la actual o para, sencillamente, poder operar sin ser visto, puesto que se atiende a otros conflictos.

Con respecto al mito de que los funcionarios no trabajan, el otro día, en una cena con unos amigos, me encontré defendiendo que eso no es más cierto que en otros sectores. Recuerdo cuando trabajaba en Rural Servicios Informáticos (bancario, privado, muy privado) y varios de los que tenían más de 50 años, más de 20 años trabajando en esa empresa, eran una panda de vagos, de tipos que se juntaban para hacer comidas de empresa que se extendían por encima de la media de una comida normal, gastando barbaridades que, por cierto, pagaba la empresa que no subía sueldos de los que sí trabajábamos, y volvían casi ebrios, con un aroma a cognac y puro caro que daba asco.

Pero no solo no se les podía echar, sino que eran los dueños (o gestores) de la empresa, con lo que ellos mismos se ponían los sueldos millonarios que hacían inviable su despido, puesto que las indemnizaciones alcanzaban cantidades que justificaban tenerlos en nómina hasta que decidieran jubilarse. Por supuesto, además, ocupaban las más altas jerarquías de la compañía y paralizaban cualquier intento de renovación porque les supondría tener que trabajar y dejar de reunirse en absurdas reuniones de sesgado corte machista, con comentarios tan desafortunados como groseros para con gran parte del personal, así como fuera de horarios laborales acordados. Al fin y al cabo, el resto del día no tenían ni siquiera que hacer acto de presencia por sus puestos de trabajo, siempre en despachos de cuero de alta gama negro, con buenas vistas…

Y eso era solo la punta de un iceberg que dominaba la filosofía de la empresa privada en cuestión. Lo viví así en todas las empresas que tuve el gusto o disgusto de conocer.

Recuerdo a mi padre, honrado donde los haya, diciendo que él ya no era un trabajador competente, que era mejor que le jubilasen, que, lógicamente, estaba cansado y no iba a proponer iniciativas (que seguro que luego era exagerado, conociéndole…), y que, en la empresa privada era necesaria la entrada de gente joven, nueva, con ganas de trabajar, de cambiar cosas…

Es natural, en la privada y en la pública (funcionarial) que ese cansancio llegue. Es normal que uno se agote de dar clase siempre o se agote de programar o se agote de hacer una determinada tarea más o menos vocacional, más o menos deseada o más o menos alienante, pero en la empresa privada, además, a esa gente cansada, cada vez con menos ganas de trabajar, se la asciende por el tiempo, se la sitúa en puestos de mayor importancia, en parte por los contactos que, con el tiempo, ha ido haciendo. Es una especie de nepotismo absolutamente asumido como natural. Así que nadie lo critica.

Pero acaban siendo trabajadores que no trabajan o, en el mejor de los casos, que no están capacitados para sus nuevas responsabilidades, que han llegado allí como sargentos chusqueros, sin más mérito que el de aguantar en un lugar sometiéndose a lo que sea necesario. Y esto no ocurre con los funcionarios.

Que hay funcionarios que se agotan de su trabajo es normal, es natural, ya lo he dicho, pero a estos no los ascienden por seguir allí, no les suben el sueldo en un grado tan alto, sino de una manera mucho más razonable, sin llegar a cobrar 30 o 40 veces su sueldo inicial… Y no se hacen dueños de un sistema que quedaría anclado en la inacción.

Pero se sigue diciendo que son vagos, que se enferman con frecuencia (no hablo de lo que ocurre entre muchos compañeros a los que conocí y que no van a trabajar por una resaca, diciendo que tienen gastroenteritis) que atienden mal, que no hacen bien su trabajo… ¡Y en la privada tampoco!

¿Qué se oculta tras esa campaña de desprestigio?

Ya anticipé que se ocultan intenciones tan perversas como enfrentar a la sociedad consigo misma, a los trabajadores contra los trabajadores, en lugar de los trabajadores contra los dueños de las empresas, o contra los mercados… sin entrar muy en detalle a juzgar a estos (hay muchos empresarios honrados y trabajadores, pero otros no lo son y nadie dice que hay que eliminar a los empresarios por ellos).

Además, sabemos que la sanidad y la educación son dos sectores que se pueden poner a subasta, se están vendiendo al mejor postor, a empresas ambiciosas que acabarán por ocupar la posición del estado en la administración de estas labores, con lo peligroso que esto pueda resultar, dejándolos fluctuar a precio de mercado, un mercado que ha demostrado su incapacidad para regularse, para regirse por criterios humanitarios, solidarios o sociales.

¿Y qué pasará cuando esto sea así?

Esas empresas harán lo que quieran, sin control, teniendo a unos profesores, por ejemplo, que también se cansarán cuando lleven años dando clases pero que habrán ido consiguiendo otros puestos de trabajo, aunque estuvieran cualificados para dar clase y no para gestionar un departamento, que les llevará asociados unos sueldos que harán difícil su sustitución, salvo por personal cada vez peor cualificado, becarios, etc, recién salidos de la universidad que podrán dar clase y que durarán unos poquitos años antes de agotarse, buscarse otro trabajo, irse a donde sean más valorados… quedando en el profesorado aquellas personas menos ambiciosas, menos cualificadas, que realizarán ese trabajo por dinero, únicamente por dinero.

Pero eso sí, los comerciales de esas empresas tendrán grandes sueldos, los directivos de esas empresas tendrán grandes sueldos, los marketing de esas empresas tendrán grandes sueldos, los jefes de personal de esas empresas tendrán grandes sueldos… y no serán despedibles, porque no compensará hacerlo, cayendo en una suerte de funcionariado de alto estanding que los alejará de los mortales que no los verán como alguien que ha conseguido una plaza mediante un examen de cualificación, sino que lo han logrado por la sumisión, la permanencia, la ambición… y un nepotismo indetectable y fuera de control.

Mientras tanto, la privatización paulatina llevará a la aparición de una separación más definitiva de las clases sociales, derivada del acceso a la educación que será, definitivamente, segregacionista, basada exclusivamente en los ingresos, de modo que, los de mayor poder adquisitivo tendrán acceso a una educación de mayor calidad y, a la postre, podrán conseguir mejores puestos de trabajo para mantener la separación que les garantice esa mejor situación: Feudalismo!

¿Por qué se acepta por todos como verdadera?

Envidia. Vemos en el funcionariado la ansiada seguridad de un puesto fijo, puesto al que podemos optar, preparándonos, porque siempre ha sido así, no es un puesto inaccesible, como ser rey, o como ser director ejecutivo de una gran empresa, sino que podemos optar a ello y no lo hacemos.

Así que nos acabamos creyendo que son unos vagos porque como tienen un puesto fijo (después, en la mayoría de los casos, de larguísimos años de espera), sin posibilidad de ser despedidos, y que no tienen porqué hacer nada en sus empleos para conservarlos. No es que lo hagan, es que creemos que lo hacen, creemos que tienen más bajas laborales, cuando no hay datos que lo confirmen, creemos que tienen menos ganas de trabajar, que se toman sus tiempos para hacer cualquier cosa… ¡pero en la empresa privada también es así! Hay trabajadores honrados en uno y otro sector, pero nunca se pone en cuestión el sector privado, el modo de contratación que garantiza que alguien, tras 3 años o 4, acabe siendo contratado con un puesto «fijo», del que le tienen que indemnizar para despedirle, sin más prueba de acceso que una entrevista de trabajo arbitraria y realizada por un criterio absolutamente particular: el de la empresa en cuestión.

Entiendo la frustración de muchos los que hablan contra los funcionarios vagos, que claro que existen, pero no entiendo porqué les molesta más que lo que ocurren con los trabajadores de la empresa privada que también los hay. Y también el otro día me aclaró algo de esta incomprensión, mi querido amigo Jens, que dijo que a los funcionarios los pagamos todos…

¡Y a los trabajadores privados también! – añadí. Al fin y al cabo, que los productos o servicios de una empresa sea menos baratos que lo que podrían ser se debe a que hay que pagar a aquellos que, en su mayoría, además, cuadros superiores, se tocan los huevos a dos manos, pero hacen creer que son los más importantes y, por ello, reciben sueldos millonarios y tienen puestos de trabajo mucho más blindados que casi cualquier funcionario.

Pero esto no lo vemos… o no queremos verlo.

Ver que esta campaña de difamación es una falacia significaría asumir que la responsabilidad de lo que ocurre es de todos y cada uno de nosotros, que no podemos seguir echando balones fuera y culpando a los funcionarios, a los inmigrantes, a los jóvenes, a los ancianos, a las mujeres, a los empresarios, a los becarios, a… otro.

Imágenes para el olvido

¿Pero cómo una web sobre la desnutrición y la pobreza en el mundo puede tener una publicidad tan poco seria sobre otras cosas? ¿A nadie se le ha ocurrido pensar en el contexto de las imágenes que muestran, en las ofertas que hacen frente a frases como la que acabo de publicar en FaceBook?

Según las estadísticas de la Organización Mundial de Salud entre 3 y 5 millones de niños menores de 5 años mueren por año en el mundo por causas asociadas a la desnutrición.

Junto a unos cálculos sencillos (dividiendo niños en fracciones, para que se entienda que no se piensa en ellos como humanos, sino como simples datos estadísticos, fríos, lejanos, hasta llegar a cuestionar su existencia.

?

10958,9 niños por día.
456,6 por hora.
?7,6 por minuto.
y ahora, háblame de crisis.

Y esto, después del otro texto del día, el que he escrito sobre caprichos y crisis y por el que acabo de discutir con Carmen. Consiguen (un impersonal que no nos debería excusar) que no creamos la realidad, que olvidemos que existe, para poder seguir con nuestras ideas de niños caprichosos…

Caprichos y crisis

Sigo oyendo hablar de crisis económica sin parar y de problemas graves acuciantes por todas partes y también, cada vez que me encuentro con algún niño o alguna niña y sus progenitores (papás y mamás) les preguntan constantemente cosas como ¿te gusta esta comida o te pedimos otra?, pienso que esta crisis es una crisis de niños pijos, de lujo, de paraísos…

No puedo concebir que se siga derrochando comida por capricho, por el mero hecho de «no me gusta» esto o aquello, como si fuese una razón suficiente. Y recuerdo la frase que me decía mi padre de «piensa que hay gente que se muere de hambre». Y claro que pensaba en ello y no se me ocurría nunca plantar cara a mi madre que hacía milagros estirando la comida, de manera que comíamos lentejas y luego lentejas con arroz y por último puré de legumbres… y así acabábamos de comernos todo lo que fuera necesario comerse.

No teníamos innecesarias videoconsolas, ni varios televisores en la casa, no teníamos ropa de marca y podíamos apañarnos con ropa zurcida una y otra vez, como yo ahora con los pantalones vaqueros, cuyos arreglos cada día son más caros en proporción al precio de una prenda nueva.

Sé que las cosas han cambiado y que, por ejemplo en este último tema, se nota la influencia de la globalización, haciendo más rentable (aún) el consumo irresponsable por encima del arreglo o, incluso, el cuidado de los bienes.

Voy en el metro y veo iPods, iPhones, smartphones de distinto pelaje, eBook-readers, ropitas de marca, refrescos de diseño y dulces envasados al vacío. Todo esto es absolutamente prescindible. Y sin embargo, el endeudamiento sigue y sigue.

Sé que hay gente en verdaderas situaciones de exclusión social, pero también veo que hay muchos que no saben que van a estarlo en breve si no evitan seguir por el camino por el que van. Y aquí me excluyo, por una vez, hablo en tercera persona del plural y no en primera persona: yo no soy así.

Estiro la vida de un PC todo lo que puedo (claro que el PC podría no ser necesario, pero ahora mismo digamos que es mi herramienta de trabajo), estiro la comida hasta que se agota toda (gracias, mamá, por enseñarme economía doméstica), nunca tiro una bolsa de plástico sin haberla utilizado varias veces antes, nunca tiro un frasquito de conservas, así me ahorro comprar innecesarios tuperwares, reutilizo toda hoja de papel hasta que su reciclado se hace casi superfluo.

Y es que el reciclado, en gran parte, me parece un defecto de nuestros hábitos de consumo: consumimos tanto y tan irresponsablemente que tenemos que pensar qué hacemos con los deshechos. Pues consumanos más responsablemente, disminuyamos los residuos, reduciendo la adquisición de ridiculeces, reutilizando todo lo que ya hayamos adquirido, echémosle un poco de imaginación a la vida de los objetos que nos rodean, acostumbrémonos a valorar, como antaño, cada pequeña cosa que tengamos como si fuese importante, como si nos tuviese que durar toda la vida, como si no pudiésemos comprarnos otra cuando nos empieza a dar problemas o nos queda «fea«.

De unos vaqueros rotos se puede obtener un portamandos de televisión. Es simple, es barato, es anticrisis. No nos hace falta uno que cueste 2 euros en Ikea. Son 2 euros… y una filosofía de derroche. Del bolsillo de esos vaqueros podemos hacer una funda para un móvil… y seguimos!

Veo pijerío sin parar en un mundo en descomposición y me dan ganas de vomitarles un volcado de palabras que comience con el vocablo más utilizado de este lustro.

Si no te gusta la sopa, no comes. ¡Y punto pelota!
Ya verás cuando tengas hambre….
porque la vas a tener.

Pijerío

Sin entrar en detalles, para que nadie se dé por aludido ni ofendido…

Hay pijos.
Hay quien sublima lo pijo.
Y quién sublima la sublimación.

Me siente muy próximo a estos últimos. No llevo muy bien a los segundos y a los primeros no los aguanto. Pero el pijerío campa a sus anchas por la postmodernidad.

Extraído de una página de retrospectiva de la obra de Alex de la Iglesia en Donosti:

En el año 2012 el mundo está dominado por pijos y niños bonitos. Sólo un grupo de minusválidos físicos llamados «Acción mutante» lucha contra el sistema, para acabar con la sociedad que les ha marginado. Yarritu, el líder, vuelve de la cárcel con un magnífico plan: secuestrar a Patricia, hija del señor Orujo, industrial, millonario y famoso. Tras algunos tropiezos, la operación es un éxito. El punto señalado para la entrega será el bar «La Mina Perdida», en el planeta Axturias, remoto paraje habitado solo por mineros. En el trayecto, a bordo de su nave espacial, la envidia y la traición harán que los héroes se enreden en una lucha fratricida de la que solo se salvarán los más fuertes.

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Accion Mutante (fragmento)

El estrés de un masaje antiestrés

Carmen tenía un regalo de clases de yoga que podía canjear por otras cosas y lo usó poco porque tenía que ir los miércoles y ya está yendo los martes y los jueves a pilates y no se puede dedicar a su atención y cuidado todo el tiempo de la semana. Así que me propuso cambiar algunas de las que aún no había utilizado (desde el año pasado) por un masaje para dos personas. Y acabo de volver.

He de reconocer que los masajes me gustan, pero dedicarle el tiempo a ellos acaba resultándome más estresante que dedicar ese tiempo, simple y llanamente, a reposar en casa, sentadito o tumbadito en un ambiente agradable, como mi cama, escuchando un poco de música (digamos que, por ejemplo hoy: Benito Lertxundi, que va tan bien con el clima…) o, mejor aún practicando un poco de sexo reposado, amable, cuidadoso.

No valoramos las virtudes terapéuticas del orgasmo. Es formidable lo que puede relajar, sin necesidad de ir a ningún sitio distinto que una cama, por la edad, para disfrutar de un manjar inigualable.

Eso no quita para que otros manjares puedan probarse, como esto de los masajes…

Mientras estaba tumbado en la camilla (gran invento el de una camilla con agujero para poder respirar y tumbarse boca abajo) no podía dejar de pensar en todas las cosas que tenía que hacer hoy.

Por supuesto que podía dejarlas para otro día. Por supuesto que podía darme cuenta de que la urgencia es tan solo una fantasía personal que me gusta tener para sentir la inmediatez de la muerte, (que no es algo depresivo, sino tremendamente vital) y también doy por supuesto que lo que hago no es, ya urgente, sino ni siquiera necesario (iba a decir importante, pero a mí sí me importa).

Sé que a otras personas les viene bien tener una excusa como esta del masaje para reservarse un tiempo en el que dedicarse a sí mismos o a sí mismas, pero a mí me parece innecesario en grado sumo y tan solo una señal de que no sentimos ser dueños de nuestro tiempo hasta el punto de que necesitamos algo externo que nos permita tomarnos un respiro. ¡Pero yo ya me tomo bastantes respiros! Habrá quién pudiese creer que no, que no soy una persona relajada, pero a mi entender vivo una vida bastante tranquila… salvo por el agobio perenne del dinero. Así que, como para gastar más… afortunadamente era un regalo y lo disfruté como tal…

Aunque cansé a Carmen con mis observaciones negativas sobre la benéfica acción de los masajes. Insisto: me gustan los masajes. Me encanta el contacto humano. De hecho, parte del tiempo que he estado en la camilla, he estado pensando en lo que añoraba actividades en mi semana en las que tenga más contacto físico con otros seres humanos. Como cuando asistía a Talleres de Movimiento Expresivo o las sesiones de Expresión Corporal de la Formación de Actor. Lo introduje en mis talleres de Creatividad como algo con lo que comenzar a calentar antes de abrir el cerebro.

Y claro que funciona. A mí hoy se me ha abierto el cerebro como en un estallido desordenado en el que las ideas han brotado sin parar, luchando por ganar protagonismo. Y mi paranoia me ha llevado a obsesionarme pensando que se me olvidarían. Quizá no es tan importante que se olviden, pero siento que dejarlas ir es como abandonar posibles placeres… (¿por otros?)

Y no quiero, no quiero perderlas. Me atemoriza tener tan mala memoria. Me cabrea, más bien.

Entre otras cosas, he pensado en lo que ya empecé a dar forma ayer, relacionado con lo de realizar acciones cotidianas. He visionado la idea con acciones en series temáticas (cocinar, arreglar ordenadores, leer en alto, limpiar una casa…) que ofrecer a distintas personas que, preferiblemente, no me conozcan personalmente. Con la única condición de que han de tomar 3 fotografías de la acción. Aún queda mucho por perfilar, pero es un principio.

También he recordado a amigos a los que veo con muy poca frecuencia, como mis queridos matemáticos, o las chicas granadinas o, cómo no, mis amiguetes de Movimiento Expresivo, ellos siempre tan masajeadores… Les echo de menos. Quizá podría haber estado ese tiempo con alguna de ellas, como mi amiga Susana, en lugar de estar en un masaje…

He sido consciente de que le estoy dedicando demasiado tiempo a mi proyecto de las Lenguas, que me está acabando por estresar, en parte, aunque sé que es tan grande que si pierdo un cierto grado de urgencia… acabaré por abandonarlo. He reorganizado mi agenda semanal, para dedicarle algo de tiempo a no hacer nada (o a pensar, que sí que es hacer nada) abandonándome a ese rato relajado, tranquilo, con música de fondo, suavita, para poder dejar que mi mente vuelva a estallar, al menos, una vez por semana.

No olvidar: ¡Yo soy dueño de mi tiempo!

Cotidianos

Desde hace tiempo vengo reflexionando sobre el perfil que mis performances (y la de muchos) están tomando. Van derivando a cierta espectacularidad que, no llegando a ser el bochornoso despliegue más o menos bonito de Marina Abramovich, no deja de ser notoria.

¿Qué ha motivado esta deriva hacia lo espectacular en el arte conceptual por antonomasia?

A mi entender, la aparición de encuentros más o menos subvencionados que pagan un dinero al performer en cuestión (alguna vez he participado en alguno de ellos) tienta a elevar el número de asistentes, realizando fotografías llamativas, acciones llamativas, fabricando un simulacro de espectáculo con una disciplina que, en rigor, debería huir de tales artificios.

Algunos hay que no caen en la tentación, como el inigualable Isidoro Valcárcel Medina, pero se lo puede permitir después de más de 50 años nutriéndonos y educándonos en la coherencia más absoluta, pero habiendo sido de los primeros, tiene garantizada su entrada en los libros y, de ahí, en la fama que le granjea un buen número de seguidores, entre los que me cuento, por supuesto. Él no tiene que «justificar» su «performismo«: se le da por hecho.

Otros, a los que a veces llamo cariñosamente ortodoxos, también siguen líneas parecidas, muy discretas, en ocasiones, muy póvera, como Hilario Álvarez o Joan Casellas, pero que, estando dentro de los mismos que organizan y convocan, tienen fácil su posible exhibición en los encuentros y en los lugares donde se ha venido institucionalizando la aparición de este género. Para ellos mi máximo respeto.

Este texto no es una crítica a los performers que no buscan esa esencia de lo conceptual, sino más bien una autocrítica por el tiempo que llevo arrastrándome a lugares cada vez más espectaculares, hasta reconocerme sabiendo que algo va a producir un cierto efecto; o sea, siendo capaz de anticipar la respuesta de un público a quien ubico pasivo, contemplativo, diría, incluso, clásico asistente a un espectáculo más o menos vistoso, pero del que se espera una emoción, una conmoción, una huella visual o auditiva, que apele a los sentidos y creando algún tipo de alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que vaya acompañada de cierta conmoción somática.

Desde hace unos meses, en particular desde que vi a IVM realizando su acción «Una Mala Acción», en el marco del Encuentro Acción10Mad, vengo sintiéndome un pequeño estafador cuando concibo performances muy vistosas, grandilocuentes, espacialmente preocupadas… y he decidido apartarme, al menos en un tiempo, de esa línea de acciones espectáculo, recurriendo a algo que sé hacer y nunca hago: actos cotidianos, como el de instalar un sistema operativo, o el de ver una serie de televisión, o hacer un plato de macarrones con pimientos…

Voy a desarrollar estas acciones casi al margen de lo que son los encuentros de arte de acción o performances, en los márgenes, más bien, como este sábado, dentro del Encuentro de Arte de Acción convocado por Artón, en el que proponen realizar acciones con la excusa del Trueque. Yo les he propuesto instalar linux a todo aquel que lo desee y que se lleve el portátil.

Les adjunté un texto extraído de este mismo diario, en el que afirmo que Instalar Linux es un acto Político. Pero, ahora, con esta nueva aproximación, también se convertirá en un acto artístico.

No sé si se entenderá como arte de acción o como pago retribuyendo a los organizadores, a los performers y a unos asistentes que espero que sean (lo serán) activos. Sinceramente, me importa un pito cómo se entienda.

En esta línea un tanto radical y ortodoxa voy a seguir trabajando en los próximos tiempos mi aproximación a la performance, mediante actos tan cotidianos y marginales que sean puestos en cuestión como trabajo artístico. A su vez, iré buscando nuevos lugares «expositivos» como realizar acciones para una única persona, o en momentos no considerados hasta ahora contextos adecuados. Pensaré en ello.

Intentaré, no obstante, recuperar la poesía…

La constitución está caída

La página web http://www.constitucion.es está caída y no da respuestas.
No es una broma, es una prueba que he hecho para verificar que el artículo 21 dice lo que dicen que dice, a saber:

Artículo 21.

1. Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa.

2. En los casos de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que solo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes.

Esto es sólo para recordar que lo que se pretende hacer de criminalizar la convocatoria de manifestaciones antisistema por el hecho de ser contrarias a la voluntad del gobierno es meramente anticonstitucional.

Pero me temo que pasaré años de mi vida en la cárcel al paso que vamos. Además, siempre he pensado que, dada mi dramática incapacidad para mentir, ni siquiera para protegerme, cuando entre en las garras de los ejecutores de la ley, daré con mis huesos en la prisión, tras una escalada de preguntas y respuestas que, inevitablemente, me convertirán en una amenaza para el estado.

Recuerdo cuando me pasó algo así cuando, hace casi 20 años, me detuvieron en un control de alcoholemia entre Motril y Torrenueva. Volvía de las fiestas del pueblo en cuestión, con un par de amigas en el coche, y me preguntaron, tras dar positivo en la prueba, qué había bebido: ¡y les dije la verdad!

Cuando, meses después, tuve que hablar con mi abogado de oficio en Granada, este me preguntaba que si no se me había ocurrido mentir. A lo que yo, algo ingenuo, le pregunté: ¿a la autoridad? Como si fuese a ser el primero en hacerlo, como si fuesen a ser capaces de descubrir lo que estaba hablando con mi abogado, como si les importase…

Así que no había forma de rectificar.

Otras ocasiones similares fueron durante la época de comenzar a vivir en la casa en la que ahora habito, para conseguir el alta del gas natural, me encontré teniendo que enfrentarme de nuevo a esta solicitud del mundo para que mintiese. El inspector que venía, que siempre era uno nuevo, me preguntaba si yo vivía allí, y yo contestaba que claro que sí, a lo que me contestaba con un: pues no puedo darle el alta.

Cuando ya pregunté que porqué insistían tanto en preguntar si vivía allí, me dijo uno que lo mejor que podía hacer era mentir, decir que no vivía allí, que mi casa no era mi casa, contradicción que me irritaba mucho, y que, mejor aún, en la próxima visita, sacase el colchón al descansillo y dijese que era de mis vecinos.

Yo creía que estaba de broma, que no lo decía en serio, pero sí, era en serio. Así que le pregunté si podía decírselo a él… y me dijo: ¡no, hombre, yo ya sé que es mentira!

No podía dar crédito a mis oídos: era el colmo de lo kafkiano. Me decía que mintiese, pero que no le mintiese a él. Me estaba instigando a ser delictivo, pero sin querer responsabilizarse de su incitación. Y no lo hice, claro, así que pasé el invierno más frío de mi vida, teniendo que ducharme a cachitos, con agua fría, calentando algo de comida con un hornillo eléctrico, sin radiadores y acabé haciendo una obra que separaba la casa, inicialmente diáfana, aislando la cocina que el constructor y la promotora habían hecho habitables sin la misma separación.

La historia no acabó aquí, porque tuve que ir acondicionando las rejillas de salida de aire a las nuevas medidas, tuve que hacer taladros en un armario, tuve que vaciar uno de ellos y, finalmente, mentir: decir que en uno de ellos jamás metería nada, para que la rejillas no se obstaculizase.

¿Y ahora qué?

Veo que se están poniendo las cosas en el caldo de cultivo adecuado para que yo pase años en la cárcel. Y lo que más me preocupa es que se me vuelva a abrir la fisura anal… y no quiero ni pensar en de qué manera.

Con las propuestas actuales de reforma del código penal para endurecer las leyes que impidan la libre asociación, la manifestación pacífica y reivindicativa, me temo que pronto me detendrán, como a otros muchos, pero ellos serán capaces de decir lo que se espera que digan, que pasaban por allí, que no eran conscientes de que estaban siendo llamados a un acto antisistema, que «no le conocen». Pero yo no soy Pedro, no me dotaron con la habilidad para sobrevivir mintiendo. Y aquí empezarán mis verdaderos problemas.

Miedo, tengo mucho miedo…

Era el objetivo y lo han logrado. Me inhibiré de participar en actos que, en algún momento puedan derivar en violentos (sabiendo que todo acto puede derivar en otros más o menos imprevisibles y, en tanto, pueden ser violentos), me inhibiré de convocar o divulgar convocatorias que puedan incitar a protestas más o menos pacíficas, aunque no sé si un recital de poesía puede considerarse una protesta más o menos pacífica contra la prosa, la árida prosa de la vida.

Me temo que hay que ir pensando en una línea roja, una línea a partir de la cual no querré seguir viviendo en este país. Me temo que estamos muy cerca del instante que supuse que llegaría de manera más clara y frontal, pero la vida es más compleja de lo que nos gusta suponer.

Hitler llegó al poder en unas elecciones. Siempre me he preguntado en qué momento un alemán pudo darse cuenta de que vivían bajo un régimen totalitario. Qué línea roja se trazaron muchos para irse del país. Algunos fueron expulsados de sus trabajos, algunos fueron obligados a llevar insignias que les distinguiese, pero… ¿y los demás?, los ciudadanos medios, los que no trabajaban en nada «polémico», como un panadero, un carpintero, un informático… (no había informáticos, claro). Los rubitos con ojos azules que no se creyeran por ello superiores, ¿cuándo pudieron darse cuenta de que habitaban un país como el III Reich?

Yo esperaba un golpe de estado militar, a lo Tejero y 23F, algo evidente, algo sencillo de identificar, algo que me dijese: estás sometido a la elección de quedarte y someterte o irte o luchar. Era una elección más o menos sencilla. Siendo un pacifista como siempre he defendido ser, justificaría quedarme y luchar, pero lo más probable es que acabase yéndome.

Pero ahora me pregunto ¿a dónde?

¿Qué destino elegiría para irme de este país por motivos sociales o políticos?

¿Francia? ¿Islandia? ¿Australia? ¿Canadá? …

¿Alguna sugerencia?

Esto no es una broma